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Por lo civil o lo emocional

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El Huesca se abonó a la épica para sellar la permanencia y decirle al ‘playoff’ que ya no es un sueño, sino un inimaginable, maravilloso y preciado objetivo.

De ilusiones se vive, dicen. Que el ser humano sería incapaz de soportar su propia existencia si no pensara que algún día puede alcanzar aquello que anhela. Que si conociésemos los límites de nuestra vida, moriríamos, impotentes por no poder convertirnos en ese ideal que nuestro inconsciente diseña después de verlo en las películas. En ellas, el guion viene escrito. Y este Huesca se ha decidido a escribir el suyo. Porque no existe mejor historia que la crea uno mismo.

Bar Álvaro

Pero faltaba Akapo. El ecuato-guineano se perdía el partido de Reus por sanción y Kilian sería su sustituto. El joven de Figueres, lateral derecho en su pasado perico (Espanyol ‘B’), actuó en dicha demarcación, y cumplió. A pesar de no ofrecerle al equipo una desmesurada profundidad por el carril derecho, sin mostrarse tan ofensivo como el propio Akapo sin balón, resultó potente y explosivo. No cedió. Esa era la gran novedad de los de Anquela en tierras tarraconenses, quienes no pueden ser soportados por Vinícius cuando se pretende dominar en campo rival sin contar con el césped.

El brasileño completaba su tercera titularidad consecutiva. Delicioso en el toque, el bueno de Vinícius no es el adecuado para el Huesca que intenta hacerse fuerte en terreno contrario a partir del balón largo y la segunda jugada. El juego aéreo se pierde y, al no disputarse con claridad, el cuero nunca es azulgrana cuando contacta con el verde. Su homólogo Lázaro, por el contrario, sí le permite al Huesca crear en suelo rival sin necesidad de llegar jugando, de fluir, hasta él.

Así, el Huesca se atascaba. Su arma, entonces, era centrar. Buscar uno u otro carril desde atrás para intentar acometer el área rojinegra. Y, por tanto, la referencia ni se encontraba. No existía; esa vía no servía. Borja Lázaro se postulaba para entrar. Natxo González refrescó sus costados y Anquela metió a Alexander (por David López en el 64′) para potenciar la banda derecha y permitirle mayor comodidad y libertad a Ferreiro por el lado contrario. El gallego pasó a la izquierda cuando el partido se abrió y el Huesca se estiró antes de que Lázaro hiciese acto de presencia (por Vinícius en el 70′).

Sin embargo, se resistía lo que te permite el gol: el último pase, la última acción. Aguilera y Melero ahogaban a un Reus que intentaba superar con balón, recuperaban balones por estar bien situados y, tras efectuar la transición, se erraba. Un giro, una apertura, un regate, un pase en profundidad. Nada se concluía a favor. El último en participar fue Brezancic (por Ferreiro en el 89′), quien podía otorgarle al Huesca el tanto mediante uno de esos centros que en todo el primer acto no tenían sentido, por el receptor y la posterior (e inexistente) llegada.

Y sí, sería un centro. Pero no del serbio, sino del venezolano, quien el balón parado no ejecuta con acierto (en eso, no es David López ni Ferreiro). Pero daba igual, porque desde la esquina no iba a encontrar rematador. El cuero abandonó el área; quería a un rubio como finalizador. El resto, es historia. Y aún no ha terminado.

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