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Bendita metamorfosis

La SD Huesca ha cambiado radicalmente 365 días y unas horas después. El pasado 4 de febrero de 2017 el Zaragoza tomaba El Alcoraz para hundir moralmente a un conjunto azulgrana que, con aquella derrota, alcanzaba los 6 encuentros consecutivos sin conocer la victoria. Si se reduce el número a 5, el Huesca sumó únicamente 2 puntos de 15 posibles, estrellándose en el derbi tras firmar unos primeros meses de competición más que notables.

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Entre mediados de noviembre de 2016 y comienzos de febrero de 2017, la SD Huesca solo salió vencedora en un único duelo, el que disputó en casa ante el UCAM Murcia. Una simple victoria en un total de 10 encuentros para, posteriormente y tras la caída ante el Zaragoza, enlazar hasta 12 partidos, pero no sin ganar, sino sin perder. Aquel Huesca que parecía ir disolviéndose lentamente cual azucarillo jornada tras jornada se tornó en una roca inquebrantable. Cosechó 26 puntos de 36 posibles para escapar del callejón sin salida en que el que se vio inmerso.

Los pupilos de Anquela no cayeron hasta el 5 de mayo en Montilivi y tras aquello sumaron los pocos puntos necesarios en juego en la recta final para disputar un histórico ‘playoff’, que prácticamente en ningún momento fue el objetivo del curso. Un significativo propósito que hoy día ha tomado tintes todavía más grandes, y no es otro que ascender a Primera División por primera vez en la historia. Sin embargo, el cuadro oscense espera que no le ocurra lo que hace poco más de 365 días; que cambió. Pasó de ser vulnerable a invencible, de mostrarse temeroso a confiado, y de resultar compasivo a despiadado. Y quiere seguir siéndolo.

Una bárbara escuadra tan hambrienta como ansiosa cuyo gen ganador arrasa sin piedad alguna cualquier terreno que pisa. Febrero de 2017 transformó al Huesca en la máquina aniquiladora que ahora es, e incluso ha mejorado haciendo 23 de los últimos 27 puntos. Lidera la clasificación de la categoría desde hace 12 jornadas y su ritmo resulta inalcanzable para sus perseguidores. No quiere dejar de ser en lo que se ha convertido; no quiere ni imaginarse, ni por un momento, que puede ser una cosa distinta a la que es.

El calendario se acorta y se comprime. El tiempo transcurre y no lento, sino a una enorme velocidad. Cada vez queda menos para que los de Rubi cumplan un deseo de miles de personas. Y es que aunque el Huesca esté haciendo todos los méritos del mundo para colgarse la medalla de oro cuando esta apasionante carrera de fondo culmine, a todo hincha le sigue pareciendo un intangible, algo utópico o inalcanzable; una fantasía que hasta entonces solo puede hacerse realidad a través de las consolas o de los sueños.

La Primera División nunca ha sido para el Huesca y ni siquiera ha estado cerca. Pero la temporada pasada el club azulgrana comprendió, subiendo el primer escalón hacia el paraíso, que tarde o temprano podría llegar; que habiendo experimentado aunque sea la ínfima pronunciación del término, llegaría un día que lo agarraría bien fuerte con ambos brazos, lo levantaría y comenzaría a conocerlo por completo.

Y el éxtasis que invadiría a toda una ciudad supondría el mayor hito para una entidad arraigada en el mero fundamento. La máxima satisfacción radica en un sueño cumplido y el Huesca lo anhela. Se encuentra en la más absoluta realidad.

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