Jesús Viñuales en su despacho de El Alcoraz | Foto: Diario del Alto Aragón
Es un día duro y triste para escribir. Se ha marchado una muy buena persona, que antepuso su negocio y sobretodo su familia por salvar un Huesca moribundo que se ahogaba sin remedio. Y lo entregó casi saneado, para que levantara el vuelo y entrara en el profesionalismo por primera vez en su historia.
Jesús Viñuales en su despacho de El Alcoraz | Foto: Diario del Alto Aragón
Jesús Viñuales en su despacho de El Alcoraz | Foto: Diario del Alto Aragón

Es imposible que Jesús Viñuales se marche de mi cabeza: con él y con su Huesca empecé en la radio y viví muchas cosas, todas muy buenas aunque chocamos varias veces, pero siempre terminábamos haciendo las paces.

Viñuales puso coraje cuando nadie, repito, nadie en esta ciudad quería ponerse al frente de un club que agonizaba, envuelto en deudas y donde nadie quería venir.

Es bueno recordar esto porque a más de uno se le llena la boca hablando del Huesca, pero por aquel entonces, no le vi aparecer por aquel piso de la Calle Padre Huesca donde el club tenía una especie de oficina ni mucho menos por El Alcoraz.

Podría contar innumerables anécdotas que tengo de Jesús, un tipo transparente y de gran corazón que tuvo el defecto de fiarse de poca gente a la hora de estar en el Huesca, por eso le fueron abandonando muchos de los que junto a él levantaron aquél Huesca agonizante.

Es imborrable ver a Jesús subir 3 pisos para llegar a la redacción de la radio y decirnos a Pablo Barrantes y a mí que no le había gustado el programa del día anterior, o una llamada tras un programa de 6 horas para desmentir que hubiera pedido a un jugador lesionado para 6 meses que perdonara una mensualidad al club, o interrumpir un programa en directo donde estaba contando que Miguel Linares dejaba el Huesca para ir al Barbastro.

No olvidaré su felicidad en Éibar, sus nervios y sufrimiento en Castillo donde el Huesca salvó la cabeza del descenso a Tercera, o el papelón que tuvo que soportar cuando Fabri González le suplicaba que le dejara marchar al Almería, y tantas y tantas que guardo en mi memoria y que nunca se borrarán.

Viñuales era una persona entrañable, que con sólo conocerle delataba ser amable y campechano. Su voz y su forma de hablar, tan peculiar y alegre, denotaba a las claras que era de Huesca y formaba parte de su encanto.

Cuando salió del Huesca en 2006 nunca tuvo para mí ni un reproche, al contrario. Seguimos manteniendo el contacto que se amplió más cuando por sus negocios venía a menudo por Sangarrén.

Tenía detalles tan inesperados como increíbles, todos llenos de bondad y de amabilidad. Estuvo pendiente de mí cuando el año pasado pasé por el quirófano, y su último detalle por navidad, en forma de caja de bombones, todavía está sin abrir en casa de mis padres.

Así era Viñuales: un tipo al que no le costaba sacar un billete del bolsillo si algún aficionado no podía pagarse una entrada fuera de El Alcoraz, y desconfiado hasta el extremo de que él personalmente tenía que ir a ingresar el dinero del club al banco.

Es triste, que desde 2006, el Huesca no tuviera el detalle de devolverle en vida una pizca de lo que Viñuales entregó al club sin pedir nada a cambio. Quizá sería el momento de cambiarle el nombre al trofeo amistoso que el Huesca organiza en agosto pues con todos mis respetos a la figura de Antonio Alfonso, “Memorial Jesús Viñuales” quedaría mucho mejor, y le devolvería parte de lo que el gran Jesús le dio al Huesca.

“¿Nos va a costar alguna perra? Pues adelante”, repetía Viñuales muchas veces. Pues eso, queridos rectores del Huesca, no cuesta “una perra”, pónganse manos a la obra, y que la ciudad de Huesca recuerde como se merece a un hombre realmente bueno.