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Un episodio de incomprensible pánico

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Un latigazo de Ferreiro despojó al Huesca del miedo que se había apoderado de él y no respiró con tranquilidad hasta que Samu Sáiz cerró el partido.

Cansado, lento, espeso. Como si soportara un peso desmedido. Mientas Bambock sostenía y Sastre intentaba dirigir, solo Ferreiro se diferenciaba del resto de sus compañeros. Como si el pánico moviese al Huesca cual perverso titiritero. De sobras conocido el premio que se obtendría en caso de victoria; como si, en lugar de ilusión, despertase nerviosismo e inquietud. El reloj se movía pero, los azulgrana, no, ni siquiera cuando vieron que el rival se quedaba con uno menos.

Bar Álvaro

Ferreiro, preciso en el corte y en el regate, fue lo mejor de un Huesca temoroso. Un equipo que en ningún momento fue él; pesaron las ausencias de Melero y Aguilera, no por los desaciertos de sus homólogos, que apenas existieron, sino porque todo quedaba partido. Hasta su estrella estaba apagada. Nada era igual, parecían distintos ante un Rayo que circulaba con facilidad gracias a un Fran Beltrán más que jugón y a un Trashorras que firmó su enésima clase balompédica… hasta sin oxígeno.

Por encontrarse ante un rival con 10 y una afición entregadísima, y por ser más que consciente de lo que implicaría terminar ganando, Anquela movió ficha en el descanso: David López formó junto a Sastre. Mayor y mejor circulación de balón y ganar la posibilidad de la ejecución en el balón parado. El Huesca mejoró la imagen pero el Rayo era capaz de dominar e inquietar, traiendo de nuevo al fantasma que se apoderó del alma azulgrana.

Sin embargo, y por suerte, Ferreiro no entiende de espíritus malignos y le devolvió la sonrisa a sus compañeros cuando Brezancic, Borja Lázaro y Vadillo ya incrementaban el ritmo en el calentamiento, preparados para cambiar la cara a los de Anquela. Entonces todo se frenó, porque el Huesca ya estaba en ventaja y el cambio ideal fue la entrada del ex del Leganés. Un guerrero que le permitió a los suyos salir vencedores en los balones que se quitaban de encima y que recordasen lo tan buenos que hanllegado a ser con el propio Lázaro sobre el verde.

Porque Trashorras, solo con jugar, se empeñó en que el partido no acabara antes del pitido final. Los de Míchel, valientes y con la frescura de un recién llegado, no dejaron de penetrar en las replegadas líneas azulgranas. Que los rayistas, salvo el poste, no tiraron a puerta y el Huesca realizó más del doble de disparos totales (18-7), pero no fueron sometidos, ni inferiores. Digno de mención, y de halago.

Hasta Alexander, en ocasiones, lograba superar en un Huesca que solo fue él porque marcó, porque volvió a no perder. Porque, en esta ocasión, el resultado reforzó de la mejor forma posible a unos azulgranas atípicos que parecían sufrir de un principio de mal de altura. Esperemos que no ocurra.

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